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A diez semanas del desastre en Venezuela, una familia mantiene la búsqueda de su familiar desaparecido tras los sismos

Transcurridas diez semanas desde que dos terremotos devastaran la costa de Venezuela el pasado 24 de junio, la incertidumbre persiste para miles de hogares. En La Guaira, una de las zonas más golpeadas al norte de Caracas, Antonella Molina, su sobrino Pedro y un grupo de allegados recorren diariamente calles entre escombros y maquinaria pesada con la firme convicción de dar con el paradero de Andrés Molina, un joven de 18 años de quien se perdió todo rastro tras los sismos.

La magnitud de la catástrofe sigue siendo motivo de profunda controversia en el país sudamericano. Aunque voceros gubernamentales sostienen que las cifras oficiales —que registran 6,500 fallecidos, 1,500 heridos y aproximadamente 1,500 desaparecidos— se encuentran rigurosamente verificadas y respaldadas por una respuesta estatal inmediata, diversos informes independientes señalan que la cantidad real de personas no localizadas asciende a decenas de miles. Esta marcada disparidad y la desconfianza hacia las instituciones han empujado a numerosos ciudadanos a asumir por cuenta propia las labores de rastreo.

El drama familiar de los Molina inició con la recuperación de los restos de la madre y el hermano de Andrés de entre los restos de un complejo residencial de diez pisos que colapsó por completo durante los sismos. Sin embargo, en el sitio no se hallaron pertenencias del joven ni indicios de su deceso. Reportes de vecinos y autoridades locales alimentan las esperanzas de sus parientes, pues aseguran haberlo visto deambulando desorientado con una lesión en la cabeza, recogiendo chatarra e intentando alimentar animales callejeros en sectores aledaños.

Pese al desgaste físico, la falta de apoyo institucional y las tensiones emocionales generadas por largas jornadas de repartición de volantes en refugios, parques y hospitales, la familia Molina rehúsa suspender la búsqueda. Para sus allegados, cada recorrido representa un esfuerzo indispensable por brindarle acompañamiento a un sobreviviente que hoy desconoce el trágico destino de su entorno inmediato.

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