Una violenta ofensiva rusa con misiles balísticos y drones azotó diversas regiones de Ucrania durante la última noche, dejando un saldo trágico de al menos ocho civiles muertos, entre ellos varios niños. Las autoridades locales informaron además que más de 50 personas resultaron heridas en este nuevo bombardeo sistemático contra núcleos urbanos. En Kiev, la capital, el pánico obligó a miles de ciudadanos a resguardarse en las estaciones del metro para protegerse de las detonaciones que ya se han vuelto casi cotidianas.
El conflicto escaló a nivel diplomático cuando la OTAN reportó que un proyectil ruso violó el espacio aéreo de Polonia, aterrizando en una zona rural. Aunque el artefacto no causó daños ni víctimas en territorio polaco, la alianza militar activó de inmediato sus aviones de combate. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, calificó el suceso como un acto «imprudente» y una consecuencia peligrosa de la guerra. Por su parte, el primer ministro polaco, Donald Tusk, tildó el incidente de «muy grave», aunque aclaró que no hay indicios de que Polonia fuera el objetivo directo.
Esta arremetida de Moscú busca explotar las vulnerabilidades en la defensa antiaérea ucraniana. Recientemente, el presidente Volodymyr Zelenskyy se reunió con Donald Trump para solicitar una entrega acelerada de sistemas Patriot. No obstante, la escasez de interceptores a nivel global complica el suministro inmediato. Si bien Trump ha planteado otorgar licencias para que Ucrania fabrique sus propios equipos de defensa, la producción local podría demorar meses en materializarse, dejando al país en una posición crítica frente a los ataques de largo alcance.










