No es que el mundo anterior fuera fácil, pero la velocidad y la naturaleza de los cambios actuales presentan desafíos psicológicos únicos. Al respecto, Yuval Noah Harari, considera a la Inteligencia emocional como esencial para manejar el estrés de los cambios constantes, navegar en situaciones desconocidas y mantener el equilibrio mental. Daniel Goleman menciona que “Ni la educación, ni la experiencia, ni el conocimiento, ni la capacidad intelectual, ninguno de estos factores sirve para predecir y explicar adecuadamente porque una persona es exitosa y otra no. Hay algo más que la sociedad parece no poder explicar. La respuesta casi siempre tiene que ver con este concepto llamado inteligencia emocional. Y aunque es más difícil de identificar y medir que el coeficiente intelectual o la experiencia, y ciertamente más difícil de registrar en una hoja de vida, su poder es innegable”.
Se ha venido hablando de inteligencia emocional desde hace un tiempo ya, pero en cierto modo no se ha podido aprovechar su poder. Después de todo, como sociedad, seguimos canalizando la mayor parte de nuestro esfuerzo de superación hacia el logro del conocimiento, la experiencia, la inteligencia y la educación, lo cual sería bueno si pudiéramos decir con sinceridad que comprendemos a cabalidad nuestras emociones, por no hablar de las emociones de los demás, y como ellas afectan a diario nuestra vida de una manera tan fundamental.
Vemos ejemplos de ello, a diario, en nuestro lugar de trabajo, en nuestra casa, en nuestra iglesia, en nuestra escuela y en nuestro barrio. Observamos que personas supuestamente brillantes y con una buena educación lo pasan mal, mientras que otras con aptitudes o atributos mucho menos obvios prosperan. Y nos preguntamos por qué. La respuesta, casi siempre, tiene que ver con este concepto llamado «inteligencia emocional».
Y si bien es más difícil de identificar y medir que el cociente intelectual o la experiencia, y evidentemente complicado de reflejar en un currículum, lo cierto es que no puede negarse su importancia. Y además, tampoco puede decirse que sea precisamente un secreto. Hace tiempo que la gente habla de la inteligencia emocional, pero, en cierta forma, nadie ha sido capaz de aprovechar su potencial. Al fin y al cabo, como sociedad, para mejorar seguimos dedicando la mayor parte de nuestra energía a la búsqueda de conocimientos, experiencia, inteligencia y educación. Eso estaría bien si, con honestidad, pudiéramos decir que somos plenamente conscientes de nuestras emociones y, por supuesto, de las emociones de los demás, y de lo mucho que nuestras emociones influyen a diario en nuestra vida. Creo que el motivo de que exista esta brecha entre la popularidad del concepto de inteligencia emocional, por un lado, y su aplicación en la sociedad, por otro, es doble. En primer lugar, la gente no acaba de entender bien el concepto. A menudo confunde la inteligencia emocional con una forma de carisma o gregarismo. En segundo lugar, no la ve como algo que sea posible mejorar, sino como algo que se tiene o no se tiene.
En México, el trabajo en inteligencia emocional (IE) sigue siendo insuficiente, tanto en el sistema educativo como en el ámbito laboral, familiar y social. Aunque hay avances, persisten brechas críticas.
En el sistema educativo formal, se nota la ausencia en planes de estudio, la educación pública no incluye la IE como eje transversal obligatorio. Solo algunas escuelas privadas la integran (y de manera desigual). Formación docente limitada: Muchos maestros no están capacitados para enseñar o modelar habilidades emocionales. Se priorizan matemáticas y lenguaje sobre autoconocimiento, empatía o manejo del estrés.
Cultura y estigmas: Las emociones son debilidad: Persiste la idea de que hablar de sentimientos es «para débiles» o «pérdida de tiempo».
Normalización de la violencia emocional: Gritos, humillaciones o castigos físicos siguen siendo comunes en familias y escuelas, lo que bloquea el desarrollo de la IE.
Ámbito laboral: Jefes autoritarios, no líderes emocionalmente inteligentes: Solo el 12% de las empresas en México capacitan en IE (según IMCO). Síndrome de Burnout y rotación alta: La falta de gestión emocional deriva en ambientes tóxicos.
Consecuencias de esta carencia: Salud mental: México ocupa uno de los lugares más altos en estrés laboral (OMS) y altas tasas de depresión en jóvenes (ENSANUT).
Violencia: Falta de IE correlaciona con bullying, feminicidios y delincuencia (incapacidad para manejar ira/frustración). Productividad: Empresas con baja IE pierden hasta el 30% de rendimiento (Harvard Business Review).
3. ¿Qué se está haciendo bien? (Ejemplos esperanzadores)
Programas piloto: Algunas escuelas (ej: en Jalisco y CDMX) implementan aulas de paz» para resolver conflictos con IE. Iniciativas privadas: ONGs como “AtentaMente” capacitan a maestros en mindfulness y regulación emocional. Leyes recientes: La Ley General de Educación (2019) incluye «habilidades socioemocionales», pero su aplicación es inconsistente.
4. ¿Qué falta por hacer? En educación: Integrar la IE desde preescolar con metodologías prácticas (ej: juegos de roles, diarios emocionales). Capacitar a padres y maestros: La IE se aprende con el ejemplo. B. En políticas públicas: Presupuesto para salud mental: Solo el 2% del gasto en salud se destina a esto (SSA). Campañas nacionales: Como las de prevención de adicciones, pero enfocadas en autoconocimiento y comunicación no violenta. C. En empresas: Incluir la IE en evaluaciones de desempeño. Talleres obligatorios sobre manejo de estrés y feedback constructivo.
En lo personal es recomendable practicar la escucha activa, valida emociones ajenas, y expresa las tuyas sin miedo. En tu trabajo: Sugiere talleres de IE o lidera con ejemplo (ej: reconociendo errores sin culpar a otros). Como ciudadano: Exige a escuelas y gobiernos programas basados en evidencia (como el “modelo CASEL” usado en EE.UU.). “En un país donde nos enseñan a memorizar el álgebra pero no a manejar la tristeza, no es casual la violencia y la infelicidad» Daniel Goleman”. México está atrasado en IE, pero hay caminos para mejorar. El cambio empieza por reconocer que las habilidades emocionales no son un lujo, sino una necesidad para sobrevivir y prosperar. Gracias
ARMANDO VALERDI










