El encabezado con el que iniciamos el comentario de hoy forma parte de un capítulo dedicado a la educación, del libro “Artificial”, la nueva inteligencia y el contorno de lo humano, escrito por Mariano Sigman y Santiago Bilinkis y publicado en 2024.
En este libro los autores analizan el cambio que esta vinculado con el avance tecnológico, y una área a la que le dedican un capitulo es a la educación, muy importante por ser un pilar del desarrollo y avance humano.
Los autores advierten de que “el advenimiento de la IA no está siendo suave ni progresivo y que está ejerciendo una fuerza abrupta en todas las aristas de la sociedad. La sociedad no es un resorte, ni un cuerpo rígido, ni una masa de plastilina, por lo que es necesario buscar herramientas que nos orienten a comprender las transformaciones, independientemente de su complejidad”.
Venimos de un entorno estable, como el que nos ha acompañado desde la segunda mitad del siglo XX, en donde la educación se construyó sobre una asimetría de conocimiento entre los que sabían mucho y enseñaban, y los que sabían poco y aprendían. En el aula, salvo contadas excepciones, como las escuelas rurales o en la educación por pares, los expertos son adultos y los aprendices niños. Además de algunos aspectos estructurales y arquitectónicos de la organización del aula, como la disposición de los bancos mirando al frente, desde donde un docente imparte el saber que los demás no tienen, reflejan y promueven este flujo unidireccional de información. Este principio, en apariencia tan natural, puede quedar en jaque cuando el objeto de estudio cambia día a día.
También es importante considerar la idea de que “A medida que se aceleran los cambios, más aspectos del mundo presente pasan a ser naturales para los jóvenes y extraños para los mayores. Precisamente porque los adultos disponen de menos tiempo y motivación para aprender y los niños o adolescentes pueden estar —en algunos temas específicos— más informados que los adultos. La llegada de la tecnología y su consecuente redistribución de conocimiento entre generaciones no es la única fuente que interpela a un sistema unidireccional de educación. Una segunda fuerza viene de avances sociales que han revisado la relación de la autoridad en toda la sociedad, y en particular en el aula: recordemos que apenas un par de generaciones atrás, por absurdo que hoy nos parezca, el castigo físico a los niños era una práctica común tanto en las casas como en las escuelas. Era fácil conseguir que hubiera silencio en el aula cuando las consecuencias de la indisciplina eran recibir un reglazo. El desafío que enfrentan tanto padres como educadores, y la parte activa de la sociedad, es la construcción de bases nuevas para la autoridad. Teniendo en cuenta que el recurso que está en el corazón de esta disputa es la atención”.
Uno de los asuntos más difíciles de resolver para cualquier maestro es que un grupo numeroso de niños «ceda» su atención de manera sostenida. Que no hablen, lancen objetos, se sumerjan en sueños o para, introducir el elemento crítico que nos incumbe, enciendan su teléfono en el que se han descargado un buen número de aplicaciones que compiten con el docente y tienen una ventaja descomunal para atraer la atención de los chicos. La atención, a su vez, está intrínsecamente ligada con la motivación.
Pese a todas estas consideraciones, en un mundo que ha cambiado vertiginosamente en pocos años, el funcionamiento de una clase hoy no es muy distinto al del siglo pasado. Esto es fuente de queja recurrente, porque el sentido común sugiere que la educación debería seguir el ritmo de cambio del mundo. Y si bien esa idea tiene sentido, debemos tomarla con cierto cuidado: sumarse imprudentemente a la ola del cambio y adoptar cada moda que emerge sin pensar los riesgos que esto puede implicar, lleva a una posición inestable e ineficiente tanto como quedarse en el otro extremo y permanecer completamente inmóviles. La virtud está en algún punto medio, el de decidir qué cambios hay que hacer y cuáles hay que ignorar, identificando los riesgos y ventajas de cada una de estas opciones.
Los cambios en el mundo de la educación suelen presentarse con una percepción de riesgo distinta a otros dominios. Se entiende que los cambios tienen que hacerse con controles que muestren que no presentan riesgos considerables. Pero, por algún motivo, muchos no pensamos en los riesgos cuando se nos ocurren ideas ingeniosas e innovadoras para mejorar la educación. Hay una presunción de que el problema es más simple de lo que parece y se tiende a ignorar las consecuencias que tendrán esos cambios a largo plazo en niños y adolescentes. En el pasado, algunos modelos educativos muy innovadores resultaron ser fracasos estrepitosos. Pero la decisión de no cambiar también tiene riesgos que la resistencia al cambio y la inercia nos llevan con frecuencia a pasar por alto. Y, probablemente, esa indecisión continúe ampliando la brecha entre las habilidades que requiera de nosotros el futuro y aquellas en las que nos entrena nuestro sistema educativo presente.
Todo esto nos trae algunas preguntas como, ¿Cuál será el impacto de la IA en los objetivos, los métodos y los contenidos de las escuelas? ¿Qué transformaciones debería experimentar la educación y qué principios no deberían cambiar? ¿Y qué riesgo es menor: cambiar en exceso o demasiado poco? En medio de una neblina inevitable, nos sumergimos en los mundos que abren estas preguntas, de las que sin duda tendremos que buscar su respuesta lo más pronto posible para entender y definir el rumbo adecuado. Gracias










